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¿Desde cuándo torear es limpiar o embestir es servir?

Uno de los tesoros culturales del toreo es el lenguaje. No solo por su riqueza y por la precisión con la que define las situaciones, su capacidad para ironizar o para ser punzante, sino y sobre todo por lo que demuestra, en momentos tan sensibles como los actuales, el profundo calado de la tauromaquia en la sociedad que nunca tuvo empacho en asumirlo y hacerlo propio incluso por los que se manifiestan abiertamente contra el toreo: la hora de la verdad, coger el toro por los cuernos, los brindis al sol…

Por todo ello los aficionados y especialmente los medios de comunicación tenemos la obligación de respetarlo y conservarlo. No significa que apueste por el inmovilismo, pero si se abre la puerta a nuevos modismos que tengan elegancia y ajuste. Y no sucede así, con frecuencia e incluyo a conspicuos representantes de la comunicación, que de un día para otro incorporan nuevos palabros que repiten hasta la saciedad. No hace tanto valoraban mucho que un diestro empujase al toro (eso sí, hacia adelante, no vale hacia un lado) como si empujar una mole de quinientos kilos fuese factible o incluso tuviese mérito artístico o los coletudos fuesen estibadores con todos los respetos a los estibadores. Otra expresión nada afortunada es la de el toro sirve, lo que equivale a valorar toda la grandeza o el orgullo de la bravura en función de su servilismo.

Lo último es aquello de limpiar el muletazo, otra tarea manual que se atribuye a la gente de coleta y se valora como mérito. A todo eso sin necesidad. Si existía aquello tan torero de templar, de no dejarse enganchar, de cogerle la velocidad al toro, de acoplarse, de llevarlo… pues nada, ahora toca limpiar y te lo repiten una y otra vez hasta la saciedad. ¡Hay que limpiar el muletazo…! ¿Limpiar?... si uno es torero en muchos casos para no tener que limpiar.

Y en ese proceso de infausta innovación va incluida la desaparición de otros términos como el ole, que sustituyen por los consabidos bien, que pueden ser secos o prolongados, bien sin más si esconde sorpresa, ¡bieeeen! si la cosa va más allá, en realidad depende del rango de elogio que se quiera dispensar. A propósito, nunca como ahora se entendió que las cuadrillas diesen tantos ánimos, tantos ¡bieeen! ni mucho menos tantos consejos desde los burladeros. Uno acude a la plaza sabido y animado desde el hotel salvo que sea un novel o esté camino de ocupar plaza en el burladero. Pedrés siempre contó el día que ordenó que le diesen la liquidación a un importante peón tras la retahíla de consejos que le había dado una tarde en Valencia. Pues eso, los tiempos que cambian, que se están poniendo muy costosos.

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¿Desde cuándo torear es limpiar o embestir es servir?

José Luis Benlloch

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