Lo del Domingo de Resurrección fue un suplicio. Era como si no hubiésemos dejado los dolores de la pasión. Al final acabó bien o razonablemente bien y hasta se disfrutó pero hay que ver lo que costó. Delante de la tele, con los portales on-line mirando a Málaga y a Sevilla y como fondo la locución de Juan Ramón Romero en su carrusel taurino saltando de una plaza a otra y los amigos enganchados al teléfono aportando impresiones. Agotador. Un toro, dos toros, tres toros y la tarde seguía encallada. Nada estaba resultando como se esperaba. Ni siquiera la tarde de Guijuelo, que se presumía amable, ni siquiera esa. Tres tíos en la enfermería era romper la quiniela además de los huesos de Gallo. Tampoco desde Arles llegaban buenas noticias. Los miura nadaban entre dos aguas, ni ayudaban para el gran triunfo y, salvando el segundo, ni asustaban. Al final Rafaelillo se llevó el trofeo al triunfador de la tarde sin cortar oreja. Deber cumplido de gladiador en pie de guerra.
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Domingo de gozo y dolor
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