Los cuatro domingos de mayo son cosa aparte en la plaza de Madrid. Entonces parece Madrid, con todo su encanto, una inmensa plaza de pueblo. La gente fina y no tan fina desaparece los fines de semana como si el cemento urbano fuera aceite de ricino. Y llena la plaza el pueblo. “El pueblo” es la gente que va a los toros a pasar miedos y a divertirse con los miedos de las montañas rusas. Por ejemplo, con el circense número de los bueyes tan bien adiestrados del célebre Florito, mayoral de la plaza. El más admirado de todos los pares de su gremio.
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