Cuando llegan estas fechas, ineludiblemente, se mezclan nostalgias y esperanzas, los recuerdos más tristes, en realidad dramáticos, y la ilusión de vivir los días más intensos de la temporada. Es un universo de contrastes, un todo nuestro e íntimo del que resulta difícil desprenderse. En realidad no queremos. De un lado emergen los recuerdos de Falcón, de Sánchez Mejías, de Manolete, de Yiyo, de Paquirri, de aquel Manolito Cortés de Valencia caído en Algemesí por estas calendas septembrinas, además de un manojo de bravos mozos que dejaron/siguen dejando sus vidas en nuestras calles; y de otro hierve la ilusión de miles y miles de españolitos que conforman una España real que por estas fechas, cuando se acaba la siega y comienza la vendimia, dan gracias a las vírgenes y cristos, reavivan sus raíces, se juntan en las casas de los padres, reeditan las comidas familiares, recuerdan las hazañas juveniles, la escuela del pueblo, las estrecheces que quedaron atrás, las luchas por la democracia, la que ahora malbaratan algunos, glosan a los que ya no están, enervan sus sentimientos y todo seguido lo celebran con toros. No hay nada mejor: familia, comida, toros, verbena, amistad, otra vez toros si el bolsillo acompaña y hasta el año que viene.
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