En la diferencia está la gracia (y la virtud) no la maten

José Luis Benlloch
domingo 18 de enero de 2026
De San Blas a San José, las primeras ferias de la temporada lucen diferentes y auguran un buen año

En la diversidad de estilos de los toreros de cada momento radica el interés y la calidad, la uniformidad es un mal bicho, vitaminas para el tedio y lo mismo sucede con las plazas, con las formas de ver, valorar y vivir la corrida en cada plaza. Roca, Morante en el recuerdo (de momento), Manzanares, Ortega, Aguado, Borja… Valencia, Sevilla, Madrid, Bilbao… son referentes con personalidad propia. Puede que unos y otras te gusten más o menos o nada, pero ninguna es mejor ni peor, todos/todas tienen su sitio y su papel. Bajo esas premisas diferenciales, que no desaparezcan por favor, la temporada acelera su puesta en marcha. Y hay interés. Mucho.

Los toros, como tradición a seguir o como contracultura con la que responder a la perversidad del acoso, que las dos vías existen, están en un buen momento y son actualidad. Valdemorillo, Olivenza, Castellón y Valencia, citadas por orden cronológico en el amanecer del curso, plazas de personalidades muy marcadas y muy diferentes entre ellas, ya han anunciado los carteles de sus ferias. Sus diferencias, generadas por sus culturas locales, no deben diluirse ante la presión de la gente de aluvión, al fin y al cabo, cada uno es cada uno y la uniformidad, que no es el caso, sería pecado de traición. Las cuatro tienen un rasgo en común, son las primeras de cada año, de tal manera que aprovechan el hambre (mono) de la abstinencia invernal para movilizar a los aficionados que en el planeta toro tienen alma de peregrinos.

Armonía y respeto es el modelo de toro que precisa Valencia para ser lo que siempre fue

Valdemorillo es frío (aliviado por los efectos de la plaza cubierta) y es expansión en la sierra madrileña. Desde siempre fue destino gastronómico-taurino de los aficionados de la capital (lo sigue siendo) y si tenía tintes muy locales, ahora, llegada la Candelaria, concita aficionados de toda la geografía a costa de haber cambiado los carteles de esforzados espadas que opositaban a asaltar Madrid por carteles con espadas de primera línea que ya lo asaltaron, tanto que este año pisa a Valencia nada menos, con el mano a mano Borja-Rufo. Olivenza, es la más joven en esa puzle ferial. Abono de reciente y oportuna creación convoca a las primeras figuras del momento provocando un mestizaje de aficionados hispanos y lusos que cruzan la frontera a mayor gloria de la hostelería local que esos días se suma a la fiesta y rebosa de clientela con pasta gastadora. Un acierto de empresarios y autoridades que le dan vida a la ciudad y abanderan la influencia del toreo como dinamizador económico de las ciudades.

FERVOR MEDITERRÁNEO

Valencia y Castellón fluctúan en el tiempo según marca el calendario litúrgico y las dos se producen con claros gustos mediterráneos, por mucho que determinadas minorías se empeñen en inocular preferencias ajenas, mesetarias principalmente, respetables, incluso necesarias, pero en realidad gustos impostados en esta tierra y por ende condenados al fracaso como se ha demostrado en los distintos embates que se han producido a lo largos de los años. Sus gustos no suponen renuncia a la verdad ni mucho menos a la sustancia del toreo que obliga a las emociones, eso sí debe ser común en todas las latitudes y en todos los estilos. El límite o la linde entre el rigor agrio del toro descompasado de allende estas tierras (aquí se reservan para las calles) y la seriedad y el buen gusto propio, está en el equilibrio. El toreo a la vera del Mediterráneo es fiesta, encuentro, celebración, exageración, pasión, difícilmente juicio, tampoco disgusto ni mucho menos inquisición, aunque cuando se enfadan se enfadan de verdad (un rato, no más), de tal manera que practican su devoción sin distingos, tanto, que toreros tenidos como apasionadamente propios fueron los referentes de los bandos más opuestos, Joselito y Belmonte, Ordóñez y El Cordobés, Ponce y El Soro.

Y entre las dos capitales también hay claras diferencias, comenzado por las reglamentarias a las que obliga las exigencias de ser plaza de primera una y de segunda la otra que hace que el toro de la segunda no tenga cabida en la primera ni siquiera se atrevan a embarcarlo los aprovechateguis amigos de la tunantería que siempre aparecen. Este año, con la presencia de nuevos valores, se recupera en las dos su tradicional faceta de plazas lanzadera, de Aarón, Zulueta y Marco en una al mismo Marco, Navalón, Miranda o Hernández en la otra, que tan necesaria es para alcanzar la suspirada renovación del escalafón. En la diferencia está la gracia y la virtud, no la maten. Hay que ponerle barreras a la globalidad y a la intransigencia, no se es mejor aficionado y mucho menos mejor autoridad ni se disimula la incompetencia, apostando al grande sin matices. Ya vendrá Madrid y Pamplona… Armonía de hechuras y respeto es el modelo de toro para estas latitudes.

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