Son las cinco de la tarde y la corrida comienza a las seis. Los dos mendas llevan prisa. Un niño de siete u ocho años, de aspecto triste y vestido de harapos, con un perrito pequeño tan triste y esquelético como él echado a sus pies, extiende la mano pidiendo una limosna "por el amor de Dios". Ambos representan la viva imagen de la miseria. "Fíjate qué crueldad; mandan al niño a mendigar utilizando al pobre animal para dar lástima", le dice el más fornido de los viandantes al otro, mientras se integran en un grupo de vociferantes antitaurinos, con el tiempo justo para desplegar una pancarta que reza; "¡Toreros asesinos; ojalá os destrocen a cornadas los toros esta tarde".
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