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Cuando se llevaban a Alejandro Peñaranda a hombros por la puerta grande, el reloj de la plaza de toros se acercaba a las 20:00. Casi tres horas de un espectáculo y una tarde gélida que por momentos pesó como una losa. Y una eternidad para lo que sucedió. La disposición y la ambición de los novilleros es loable y además en carreras tan incipientes como las de ellos es lo que debe ser pero el sentido de la medida en el toreo siempre fue virtud. Bien es cierto que la novillada de Chamaco no ayudó, al contrario, colaboró en el tedio general con seis novillos lejos de lo que se entiende por bravos.
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