Para meterse entre pecho y espalda todo el serial de San Isidro de este año había que tener más vocación por sentarse en un tendido de Las Ventas que Pedro Sánchez por acomodar sus posaderas al sillón de la Presidencia del Gobierno. Que ya es decir. Servidor de ustedes se lo ha zampado enterito y mi santa está escribiendo cartas al Ministerio de Justicia solicitando –los de nuestra generación no exigimos- que mi hombrada figure de ahora en adelante como motivo de divorcio. Le he pedido perdón asegurándole que no lo haré nunca más, pero ella no se lo cree. Me conoce bien y sabe que cuando suena el tararí o salgo zumbando para la plaza, o me siento delante del televisor y allí me quedo clavado hasta que arrastran al último toro. Pero es que, además, cierro el teléfono fijo y los móviles e inutilizo el timbre de la puerta, con lo cual paralizo la vida de la familia, que queda más aislada del mundo que el Conde de Montecristo.
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El autosecuestro de San Isidro
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