El ciudadano Montilla, que le ha asestado a la Fiesta Nacional la puñalada trapera más artera y criminal de toda su historia, ha caído víctima de su trapacera política de gestos antiespañoles y su traición al socialismo en el que fingía creer. No parece éste el lugar más adecuado para analizar qué influencia podría tener la debacle del “tripartito” en el futuro político del país. No obstante, como el toreo ha formado parte del paquete de desaciertos que ha llevado a Montilla a una irremisible caída en desgracia, como aficionados nos sentimos satisfechos de que el Torquemada del toreo haya sufrido como pago a sus intrigas el desprecio del electorado. Montilla no tuvo inconveniente en que sus socios de Gobierno eligieran la Fiesta de los Toros como símbolo de su odio a todo lo español. El caso era sentarse en la poltrona, aunque fuera aupado por el más hirsuto independentismo que ha sufrido la patria chica de Balmes, Mosen Cinto Verdaguer y tantos otros próceres catalanes que, con su contribución al desarrollo de la cultura, supieron honrar a Cataluña sin dejar por ello de sentirse españoles.
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El batacazo de Montilla
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