El brindis debería ser algo excepcional y no un acto puramente social protocolario entre el brindado y el torero. Abundan demasiado los brindis y recuerdan a aquellos libros en los que el autor agradece a su santa esposa la paciencia que tuvo mientras él andaba irritado a tortazos con el idioma, tratando de hacerse comprender por el futuro posible lector. Pero hay uno que clama al cielo por incomprensible e innecesario: el brindis al público. Ese “va por ustedes” es simplemente “un brindis al sol”, expresión que viene de cuando la solanera era ocupada por el sector más protestón e iracundo de las plazas de toros. Seguramente porque como las entradas eran mucho más baratas, eran las únicas que podían permitirse los estratos sociales económicamente más desfavorecidos, en ocasiones a costa incluso de vender el colchón.

Ese “brindis al sol” no impide que si el torero petardea lo pongan como “chupa de dómine”, le silben y le abronquen... Y además, todo lo que realiza el torero en el ruedo va dedicado al público, que es el que paga las entradas y hace que la corrida sea económica y artísticamente un éxito o un fracaso. Luego están los brindis protocolarios, para cuando las máximas autoridades del país o personajes famosos se acercan a las plazas para conocer la Fiesta Brava en vivo y en directo. En el primer caso, el torero hace abstracción de su ideología en una evidente muestra de respeto a la autoridad gubernativa del Estado, la provincia o la ciudad. En el segundo, ahí está el ejemplo de cuando Alexander Fleming, el inventor de la Penicilina, visitó España, que recibió brindis entusiásticos de los toreros que actuaban en las plazas a las que accedió, muchos de los cuales seguían viviendo y toreando gracias al invento del citado científico.

Una plaza de toros llena hasta la bandera es una de las máximas expresiones de democracia viva y directa. Y no lo digo a beneficio de inventario; lo dejaron dicho incluso el presidente de la Segunda República Española, don Manuel Azaña, los eximios poetas García Lorca, Rafael Alberti y hasta un secretario general del Partido Comunista de España como Pepe Díaz. Un puñado de fachas, vamos... Pero en fin, vamos a lo del brindis, que es de lo que se trata. El brindis en el toreo debe ser algo excepcional y absolutamente necesario como muestra de respeto. El brindis al amiguete, al dueño del hotel donde se hospeda el torero o al del restaurante donde almuerza, cena o ambas cosas no es otra cosa que una frivolidad personal, o una manera de pagar favores con el dinero del público asistente a la corrida, que no añade nada a la grandeza o pequeñez del espectáculo que sea capaz de dar el brindante o brindador.

El brindis en el toreo debe ser algo así como el beso de la canción. Aquella que dice: “Se puede dar un beso en la mano, se puede dar un beso de hermano... Pero un beso de amor, eso, no se lo doy yo a cualquiera”, y es que “la española cuando besa es que besa de verdad, y a ninguna le interesa besar por frivolidad...”. Bueno, pues el brindis en el toreo es algo parecido. A mí me han brindado varios toros a lo largo de mi vida de aficionado, y confieso que pasé una vergüenza enorme y si hubiera podido me habría esfumado para evitarlo, porque jamás he considerado que mereciera que un hombre vestido de luces se jugara la vida en mi honor.

Incluso hacía correr la especie de que todos los que me habían brindado toros resultaron corneados o habían dado el mitin. “Soy gafe para eso de los brindis, les decía a los toreros cuando los veía venir”. El último que me brindaron fue esta pasada Feria de Albacete y nada más tomar la muleta el matador, el toro se rompió una pata. ¡A ver si va a ser verdad eso de que estoy gafado...!

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El brindis

Paco Mora

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