Morante y El Juli han dejado marcado, de distinta manera y en días sucesivos, el arranque de año taurino. No se contaba con tanto. Está El Juli del año pasado, el mismo que viste y calza, y que viste cada vez mejor, y mejor lo entiende y lo hace todo: calzar un toro, por ejemplo, asentar al frágil, convencer al que se resiste, romperse sin reservas. Y está, ha estado, el Morante de los grandes acontecimientos: un portento la exquisita faena del 27 de febrero en Carabanchel. La gracia honda. La perfección celeste, la proporción áurea. ¡Qué barbaridad! De salir toreando de la plaza. A dos manos, a compás con el capote. La media verónica más hermosa que jamás se vio: el capote se iba desenroscando como una perezosa serpentina. Apenas iniciado el camino, una cumbre. De toreo de Sevilla. De cámara.
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