El II Congreso Internacional de Tauromaquia (el primero se celebró en Albacete) ha servido solo de pretexto para que unos cuantos amigos se reencontraran y almorzaran juntos o se tomaran unas copichuelas en amor y compaña. Y poco más. Porque, al menos quien esto firma, no ha leído en ningún sitio ni el análisis ni las conclusiones que cabe esperar de un acontecimiento de tal naturaleza. Es bueno que los aficionados a la Fiesta se reúnan, pero para algo más que para hacer los honores a la gastronomía típica del lugar donde se celebran los encuentros. Que tampoco es mala cosa, pero no como única consecuencia ni motivo principal del encuentro. Y no será que no existen cuestiones importantes que exponer y discutir en estos difíciles momentos en que sobrevive la Fiesta de los Toros. Con el de la tierra de Montero, Pedrés, Chicuelo II y Dámaso González ocurrió tres cuartos de lo mismo.
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El Congreso se divierte
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