Independientemente de lo inoportuno de la voracidad económica de algunas figuras del toreo, hay que convenir en que hacer público lo que cobran o quieren cobrar por sus actuaciones no es bueno para la armonía interna de la Fiesta, en estos difíciles tiempos de crisis que vive el país. Aunque los toreros, como artistas que son, tienen legítimo derecho a cobrar según el interés comercial que despierta su obra, y en el caso de los matadores de toros el balance de taquilla es la prueba del algodón. Si llenan las plazas y devengan sueldos que el común de los mortales no podemos atrevernos ni a soñar, viva la madre que los parió. No seré yo quien les niegue ese derecho reconocido universalmente. Pintores hay, en este mismo país, que venden sus cuadros por cantidades millonarias en euros. Como son conocidas las cantidades astronómicas que perciben muchos deportistas de élite. Por no hablar de los famosos actores de Hollywood, que ganan por una sola película lo que el torero más cotizado no factura en varias temporadas poniendo su vida en peligro setenta u ochenta tardes cada una. Y ni a unos ni a otros les hace nadie las cuentas ni están en la picota pública por ello.
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El dinero de los toreros
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