Muchas cosas nos separaron en otros tiempos del país galo, pero superado el peso de la historia ahora nos unen otras muchas, entre las que es parte sustancial el amor a la Fiesta los Toros.
La masacre de Paris es una prueba de que las democracias occidentales han de ser fuertes para que los ciudadanos acogidos a sus respectivas legislaciones puedan vivir en paz. La energía para hacer frente a las amenazas que pretenden acabar con un sistema de vida fundamentado en la convivencia pacífica, está imbricada al derecho a defenderse de los enemigos declarados. La capacidad de respuesta a los ataques que visten de luto las democracias europeas, aplicando la Ley de manera rigurosa es lo único que nos puede salvar de ser víctimas de los fanatismos salvajes sin respeto alguno para las vidas humanas.
Todos los fundamentalismos son nocivos para la libertad y la convivencia. En nuestra Patria también los hemos sufrido y los sufrimos en mayor o menor escala. Los aficionados a los toros los experimentamos con los constantes ataques de la internacional animalista antitaurina. Son una nimiedad comparándolos con lo ocurrido en Francia. Pero se comienza echándose al ruedo para interrumpir una corrida, y nunca se sabe hasta dónde pueden llegar esos inciviles elementos yuguladores de libertades, bien pagados y protegidos por el dinero de determinados lobbies internacionales. Sentimos respeto y sana envidia por quienes responden a quienes tratan de acabar con sus libertades cantando su himno nacional; La Marsellesa. Ese himno debe ser en estos dolorosos días el himno de todos los europeos. Muchas cosas nos separaron en otros tiempos del país galo, pero superado el peso de la historia ahora nos unen otras muchas, entre las que es parte sustancial el amor a la Fiesta los Toros. Hermanos franceses, vuestro dolor de hoy es también nuestro dolor.
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El dolor de Francia es nuestro dolor
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