La corriente desgasta las piedras inmóviles del río, inflexible, fuera de toda piedad, cumpliendo su oficio de tiempo, su trabajo de agua: la erosión. A lo inmóvil el tiempo se le echa encima paciente, y veloz le enseña la espalda. Creo que el toreo de hoy comienza a verle la espalda al tiempo, que, como la corriente del río, ejerce eficaz su trabajo de agua; nos erosiona. La piedra quieta y grande, es, al paso de los años, canto rodado de terciado tamaño al que miramos, y admiramos. Pero sólo para hablarnos al lado de una cafelito con leche cortado con una queja melancólica y endulzado con el azúcar amargo del mismo discurso de perdedores: qué grande fue la piedra. Qué grande fue el toreo. Yo creo que el toreo, hoy, es aún grandioso.
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El dulce sabor del azúcar amargo
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