Todo va con retraso; y vamos a ver cuál es el punto final o el punto de encuentro. Mientras, suceden cosas: algunas tan gratas como esa sensación que nos transmite Juan José Padilla. Juan es un ejemplo humano y profesional. No he conocido a nadie con tanto fondo, tanta afición, tanta casta y tanta humanidad. Tiene momentos duros, amargos que se traga él. Bueno, mano a mano con Lydia, su mujer, que es la que aguanta la cara fea de esa batalla que libra su marido. Pero Juan sorprende. Ni idea teníamos de cómo era y de lo que es capaz. Nos metíamos con su capote de paseo sin liar y su montera antigua a la que hasta le pusieron mote de dibujos animados. Pero lo que hay debajo de su piel, de esa piel horadada, recosida de cicatrices, es el verdadero alma de los toreros, la mítica, la heroica, la del orgullo, la casta, el ejemplo, el sentimiento profundo de quien se siente torero con todas las rosas y las espinas de este oficio. Juan es un modelo inimaginable pero ejemplar de lo que debe ser un matador de toros.
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El ejemplo de Juan
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