La historia de los encastes de Saltillo y Santa Coloma es una historia interminable. Si se pudiera hablar del negocio taurino en términos macrofinancieros, se diría que los llamados “mercados” decidieron hace tiempo que a esa interminable historia había que ponerle fecha de caducidad. Y terminar con ella. Como si sobre el tronco de uno y otro encaste, y sobre sus distintas ramas, hubiera caído una proscripción tácita. O una maldición irreversible.
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El encaste proscrito
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