El Sábado de Gloria nos tenía reservada una jornada a lo grande. Toros de norte a sur. Desde la francesa Arles hasta la andaluza Málaga, pasando por la murciana Lorca y la albaceteña Hellín. Todo un rosario de procesiones toreras que, gracias a la magia de la televisión, pudimos gozar con inusitada devoción. Desde el emotivo brindis de Fortes al amigo y paisano fallecido Ricardo Ortiz, hasta la inspirada faena de Talavante en Arles. Pinceladas de buen trazo, incluidos los ecos que nos llegaron desde Lorca, donde una vez más desde la reinauguración de su coqueta plaza, ahora con Ureña y Roca Rey, lograba poner el cartel de no quedan localidades.
De entre todo ello, ansiosos de novedades, las necesita el toreo, pusimos el tiro de nuestra cámara/ordenador en la siempre torera plaza de Hellín. Allí hacían el paseíllo dos de las promesas que en este momento tienen al toreo ojo avizor: Víctor Hernández y Samuel Navalón. Si el torero de Los Santos de la Humosa dejó retazos del toreo profundo y de trazo grueso que atesora, fue el valenciano de Ayora, quien hizo explosionar la tamborrada hellinera.
Después de haber demostrado en las recientes Fallas que maneja sin complejos los cubiertos en la mesa donde se sirven exquisiteces y las jerarquías imponen su rango, llegó a esta cita albaceteña para explicar a voz en grito que quiere más y mejor trato. En la primera dio réplica a los consagrados Roca y Talavante con sus mejores armas (disposición, toreo de mano baja y mando largo, también cabeza serena, que la cabeza en el toro nunca hay que perderla) y en la segunda, antela urgencia que impone el sistema y las dificultades de un lote que no se prestaba a florituras, dispuso un menú de menos exquisiteces y más cuchara, salpimentado con coraje, coraje y más coraje. Y como colofón una espada ganadora, pieza capital si se quiere llegar a la meta soñada. Y así, viendo cómo se lo llevaban en procesión nos quedamos con la evidencia de que esto del toreo es… es tan difícil, tan fácil, tan maravilloso.

