"Atraco a las siete"… "El palco bunquerizado"… "La puerta grande claveteada"… "Las orejas son mías y se las doy a quien me peta"… "El averno taurino llega a Valencia"… "El toreo secuestrado"… bajo siete llaves de ignorante sensibilidad y con reincidencia, añado yo, "Chavismo taurino"… "Cesarismo"… cualquiera de esos titulares, esas ideas dichas a voleo, valdría para la crónica de hoy. La autoridad volvió a marcar la tarde sin que se sepa muy bien dónde puede acabar semejante deriva presidencial. Andan crecidos. ¿Fanatizados, acaso, en un extraño adoctrinamiento?... Ayer la plaza entera se giró hacia el palco levantada en indignación, una, dos veces, tres… ¡burro, burro…! gritaban haciendo volar las almohadillas. Un día pasará algo más grave. Y para acabar, alguien del equipo se dirigía a Tomás Rufo, principal víctima del descalzaperros en que habían convertido ellos el orden natural (y legal) de la cuestión, instándole a que abandonase ya la plaza que se había acabado y el chico, que para entonces se había erigido en todo un ídolo por vía de su buen toreo y el cesarismo ajeno, obedeció y dado que la puerta grande estaba clausurada por orden gubernamental, enfiló la salida de la puerta de cuadrillas donde le esperaban cientos y cientos de aficionados, baño de multitudes se le llama a eso, que habían presenciado el robatorio y querían compensarle de las heridas anímicas que pudo haberle causado el desaguisado presidencial. Aún iría la cosa más lejos cuando la propia autoridad, responsable de los hechos, quiso echarle la culpa al torero y sancionarle por provocación o alteración del orden o por lo que fuese que imaginasen ellos ¿un mal gesto? cuando la responsabilidad estaba en el palco. Como reacción al lío, la resonancia de su triunfo va a ser mayor que si hubiese cortado las dos orejas que le pisparon. Más novela va a tener por mucho que no sea consuelo.
Yo en realidad hubiese querido arrancar esta crónica hablando de toros y toreros, aunque por esta vez la sección de sucesos ha tenido que ir por delante de la cultura y el arte. La realidad obliga y es una pena porque esta vez sí hubo toros y toreros. De ese último capítulo me quedo especialmente con lo sucedido en el sexto, con Rufo como protagonista principal. Después de irse a portagayola, lo hacía por segunda vez en la tarde, lo toreó a la verónica de manera clásica. Se podría hacer más aflamencado, también rebuscando en la estética, que no digo que no se deba hacer, pero no tiene el peso que supone hacerlo por el palo clásico, como lo hizo el toledano que ya venía afinando toda la tarde el pulso de su capote. Verán, sucedió de rayas para afuera, donde más pesan los toros. Le echó los vuelos del capote adelante, enganchó la embestida en el momento justo y comenzó a torear, los riñones metidos, sin forzar, la mano de dentro a la bragueta aunque suene mal, la de fuera, la de torear, al mando, la templanza como argumento obligado, un lance un paso, un lance un paso, naturalmente siempre hacia adelante, y a la vuelta del toro al que hay que reconocerle su lujosa participación en ese encuentro, volvió a volarle el capote hacia el morro para volverlo a enganchar y de nuevo la mano de dentro fijando el trazo, enmacizando el encuentro, la de fuera marcando el camino, la cintura rota, el mentón metido y de nuevo el paso adelante, una y otra vez hasta cerrar el encuentro con media liándose el toro a la cintura como si se cargase al hombro contrario la talega de los cánones de la verónica de toda la vida. Y uno ve torear así y le jode, con perdón de nuevo, de que nadie venga a romper la magia con chufladas de ordeno y mando.
EL TOREO INTIMISTA
En ese mismo toro, llegado el tercio final, hubo otros momentos extraordinarios. Me quedo con una tanda sobre la derecha, cuando apenas había dejado atrás los muletazos iniciales de ordenamiento. Vertical, que no agarrotado, de nuevo el mentón metido, dando una sensación de intimismo, el cuerpo suelto, prohibido los envaramientos, la mano baja, lo que suponía que la muleta arase la arena, en realidad lo toreó con media muleta, los pies atalonados y el muñecazo final para vaciar la embestida en el momento justo y así hasta el obligado de pecho de pitón a rabo. Eso es torear. Se lo hizo a un toro que de salida se mostró excesivamente suelto y al que hubo que encelarlo previamente para que surgiese el milagro de ese toreo sentido, como de salón. Hubo más y bueno, pero como esa serie ya no.
EXCELENTE ENCIERRO
La tarde se había presentado como un mano a mano que a todos nos sonaba más a estrategia de despacho que a demanda bélica. Luego, en el ruedo los dos espadas, tanto Borja Jiménez como Tomás Rufo se encargaron de cargar las armas de la competencia con munición real. Era su obligación. Se fueron a la puerta de chiqueros, ambos, uno en respuesta al otro, entraron en quites, apretaron los bemoles, quisieron y quisieron, voluntarismo en vena, incluso por derivación llegaron al estajanovismo que no es la mejor fórmula cuando se trata de bien torear. Por momentos daba la sensación de que sobraban pases. En ese ambiente los toros de Domingo Hernández, de buena presentación, dieron excelente juego. Los cuatro primeros rezumaban toreabilidad por todos los costados y el sexto no se quedó atrás. Primero y segundo anduvieron en el límite de abandonar la pelea, pero se quedaron para permitir el toreo de clase que es otro reto no fácil de ganar. A ese nivel de toros o los toreas o te marcas el techo sin excusas. En realidad, si hablamos en clave torera, fueron un sueño. El tercero fue otro toro superior, de los que marcan el techo de los toreros, en la misma línea el cuarto y más desabrido que no imposible el quinto y todo volvió a remontar hablando de la toreabilidad, condición para hacer el toreo de categoría, con el sexto, que tras amagos de mansear en los primeros tercios, de ir de la ceca a la meca, cuando se quedó solo con el torero hubo comunión entre ambos. La faena de Rufo a este toro tuvo esa tanda inicial que les contaba y a partir de ahí llegó el disfrute del torero, el torear sin torear, la apostura, los muletazos, el cite suave y justo y la medida precisa para no caer en la rutina. Al final lo que les he contado, la petición de trofeos, una oreja concedida al límite del arrastre para advertir que no había más, la respuesta del torero que arroja el despojo con desprecio ¡pero hombre, Tomás! la bronca a la presidencia, tres vueltas al ruedo compensatorias y el lío.
BORJA NO SE ENTREGÓ
Borja compitió hasta el final, de otra forma no sería Borja. Solo que ese lío legalista último le acabó apartando del foco. De su primera faena tengo anotado una media verónica cumbre, no fue la única de la tarde, unos arranques de las series muleteras vistosos e improvisados en una faena poderosa, quizás en exceso para la condición del toro. Siempre muy asentado, buscando, y logrando, darle profundidad al trasteo. La espada le privó de trofeos, aunque esta feria nunca se sabe qué hubiese pasado aun si hubiese matado bien. Se fue a recibir a su segundo a la puerta de chiqueros, volvió a prodigarse en quites, dejó otra media de categoría máxima y le hizo faena a un toro muy humillador. Le faltó poderes al de Domingo Hernández para resistir ante un Borja tan exigente. Y volvió a pinchar, su cruz en la tarde. Su tercero fue el más desabrido, se quedaba corto y reponía, después de todo lo que habíamos visto embestir hasta entonces, pareció toro ful. Lo fue.
Remato la crónica con los dos toros, segundo y cuarto, de Tomás. Al primero de ellos ya lo toreó a la verónica con compás abierto y mando largo. Tardó en exceso en sacarlo a los medios y cuando lo hizo se soltó el toro a embestir y el torero a sentirse a gusto. Con el segundo de su lote, al que remató de soberbia estocada tras una buena faena, comenzó el litigio con el palco. Le pidieron la oreja, contó y recontó la presidenta los pañuelos o eso parecía, consultaría vía telefónica con las alturas, decidió que faltaban moqueros y dijo que nones a cambio de la primera gran bronca.
Y eso es lo que dio de sí la tarde en la que no hubo enmienda ni muestra de la misma. Hoy en la última de feria habrá que tentarse la ropa para que los desencuentros no vayan a más.
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