La segunda novillada del ciclo fallero fue de lo más clásica y previsible en tres jóvenes que quieren ser y lo demuestran. Tan es así que de la terna, dos acabaron en las sabias manos del doctor Zaragoza. Valientes los tres chiquillos y dispuestos a dejarse la piel en los pitones de los de El Parralejo, entre los que hubo de todo, aunque más bueno que malo. Pero yo no he venido aquí a hablar de mi libro. De un tiempo acá solo escribo de lo que me motiva, y lo que hoy me empuja a darle al teclado del ordenata es un jovencísimo novillero valenciano que se anuncia como Borja Collado. Me impresionó su puesta en escena repleta de una personalidad muy sui géneris y un valor natural y sereno. Rubio, ni alto ni bajo, de ademanes aristocráticos, parecía un pequeño Lord escapado de la Rubia Albión.
Tiene Collado concepto claro del toreo y sabe que hay que parar, templar, mandar y ligar y lo intenta desde que coge la muleta hasta que doblan los novillos. Y lo hace aunque las balas le pespunteen la grácil figura que Dios le ha dado. Y todo ello sin alardes, con esa difícil facilidad que da la naturalidad. No me gusta hacer de profeta, porque ser torero es más difícil que leer el testamento de una loca, pero en Borja Collado puede tener Valencia su próxima figura del toreo, Dios y la suerte mediante.
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