Seis “juanpedros”, desnatados y descafeinados unidos por el común denominador de la falta de casta, y varios de ellos con menos fuerza que una gaseosa...
Seis “juanpedros”, desnatados y descafeinados unidos por el común denominador de la falta de casta, y varios de ellos con menos fuerza que una gaseosa. El primero y el sexto con cierta clase pero huecos como todos sus hermanos. El temple del mexicano Pablo Sánchez hizo concebir esperanzas pero no hubo enemigos. El manito tiene una tizona eficaz. Y vamos con Morante. Su primero no le dio la mínima posibilidad y en el segundo que pareció que iba a ser, el toro tampoco tuvo ni el fuelle ni la codicia suficientes para redondear la faena. En el último entró al quite y sus tres verónicas y media respondieron al “runrún” previo del público. Fue el quite del perdón. A Talavante le sirven muchos toros, pero a condición de que estén vivos y no huecos como los de esta tarde. Así y todo, a él se le debe uno de los mejores momentos de la tarde. Tarde de cartel de lujo y resultados mínimos. Por culpa de los toros. Pero eso es lo que quieren los toreros en situación de exigir. En el pecado llevan la penitencia, porque hay ganaderías de toros bravos y encastados, pero ellos les hacen “fu”. Por lo tanto, no vale echarle la culpa al toro. Si tuvieran a gala torear lo más bravo y encastado en las ferias importantes, demostrarían su condición de figuras como los toreros de postín de la primera parte del siglo XX.
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El quite del perdón
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