Ni fue un torero de masas, ni de páginas en Hola, ni de pellizco, ni de aromas de romero, ni le cayeron en su cabeza, bien amueblada, bolitas de colores de las que un día me hablaba Rafael de Paula, que según él “las tiraba alguien desde los balcones del cielo”, y si te caían en la cabeza quedabas signado como artista para toda la vida. Tampoco ha tenido juglares que le cantaran sus gestas, ni falta que hacía. Era, y todavía es, un torero hecho y derecho, cocinado a fuego lento en la parrilla del toro montaraz en la sierra de Madrid. Es y se llama Manuel, Manuel Jesús. Y le pusieron el añadido de El Cid, que tuvo que ganar hasta el último aliento la batalla con la que se conquistó Valencia. A aquel Cid lo ha desnudado y aclarado un escritor tan fantástico como Pérez-Reverte, compañero tantos años en el diario Pueblo. Él se fue a narrar las guerras y yo a narrar la Fiesta. Pero El Cid bueno, luchador, lleno de sueños, heridas y triunfos fue el de Salteras: Manuel Jesús “El Cid”.
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El romance de El Cid con los toros grises
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