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El tercio de varas: el eje de la lidia

Escucho a ganaderos serios que conocen perfectamente qué es picar, no triturar, a un toro en un tercio de varas (y de quites habría que añadir y exigir) que hecho con torería, medida, conocimiento y emoción es una maravilla. Pero al revés es una carnicería que puede hasta acabar con el espectáculo. Es mucho mejor lo que sucede en la Francia taurina.

Allí, caballo ligero, picador profesional y, al mismo tiempo, con alma de torero y de artista, al toro se le dan ventajas en ese tercio de varas. La ventaja y la belleza de ponerlo tres veces al caballo, como mínimo, y cada vez más de largo. Esa arrancada es una emoción que te hace sentir la verdad de cómo debe ser la Fiesta. Ese toro arrancado desde el centro del ruedo te pone en conocimiento de que lo que estamos viendo es la fiesta del toro. Cumplido a la perfección el tercio de varas, nunca dirás “pobre toro”. Dirás: “Valiente o buen picador”.

El tercio de varas es fundamental, si me apuras el eje de la lidia. A un toro mal picado le quitas el 50 % de su capacidad. Y como ya dicen casi todos los ganaderos, oído a Victorino hijo, oído a su tío Adolfo y a una lista ya importante, hay que revisar la puya actual. Porque la puya no está para dañar sino para equilibrar.

LA BELLEZA NO TIENE NADA QUE VER CON LA BRUTALIDAD

Si como aseguran ganaderos respetables, esta puya es capaz de aminorar la casta, la fortaleza, la emoción del toro, y, por tanto, el espectáculo, lo que estamos haciendo es tirar piedras sobre el tejado de la Fiesta. Y si es así, el ganadero tiene derecho no solo a protestar sino a querellarse por el mal trato a su corrida. El tema es más serio de lo que parece. Mira: un tercio de varas brutal te jode al toro y el espectáculo, por tanto, también al torero y al público. Mejor una puya más liviana y que permita que el toro vaya una, dos, tres veces o las que haga falta al caballo. La belleza no tiene nada que ver con la brutalidad. Y este espectáculo necesita del temple en todo. Temple en el toro, temple en el torero, temple en el picador y así hasta el monosabio. Y, eso sí, vaya una delegación a los lugares donde se fabrican las puyas y comprueba que están fabricadas para cumplir con el punto exacto.

Ese toro arrancado desde el centro del ruedo te pone en conocimiento de que lo que estamos viendo es la fiesta del toro. Esa arrancada es una emoción que te hace sentir la verdad de cómo debe ser este espectáculo. Cumplido a la perfección el tercio de varas, nunca dirás “pobre toro”. Dirás: “Valiente o buen picador”

Y a partir de ahí hay que exigir que no machaquen al toro y que vaya tres veces porque con eso habrá también tres quites. El mismo toro en tres manos diferentes y tú, aficionado, vas sumando datos. Y no hay que olvidar que la forma más correcta y estética es que el picador “tire el palo” deslizándolo, deteniendo al toro todo lo posible antes de que llegue al peto. Para eso debemos recordar que ese palo se llamó siempre “la vara de detener”. Así era y así debería ser. Pero no se duelan, ganaderos, y luego se duerman. Y no le quiten casta al toro de su ganadería porque de lo contrario aquí estamos inventando excusas de mal pagador que dicen en mi pueblo.

COLOMBIA, UN PAÍS BELLÍSIMO Y UNA MALA SUERTE: LOS POLÍTICOS

Camino de Colombia, un país tremendamente bello y español, me preocupan dos cosas para los muchos aficionados iberoamericanos (Íber era el Ebro, el río de la hispanidad). Una: que se están quedando sin ganado bravo. Ya ven las noches de sopor bovino en La México, ya ven cómo está la ganadería en Perú, no te digo Venezuela, algo bueno en Ecuador; y en Colombia han bajado pero todavía hay media docena de buenos ganaderos en el sentido que en España entendemos por toro bravo, como sinónimo de emoción, espectáculo y personalidad. Quien necesita más inyección de casta es México, mucha afición, muchos festejos, pero el vino de la casta sabe a agua. Y esa sería otra reconquista, en este caso taurina y fraternal, de ganaderos españoles para levantar a ese espectáculo que en México tiene muchísimos fieles.

Mi Colombia. En 1991 debuté porque fue el año brutal de César Rincón en Madrid con cuatro puertas grandes en la misma temporada. Colombia es un paraíso. Un país bellísimo. Tres cordilleras enormes lo recorren de arriba abajo, cordilleras nevadas que riegan todo el país de un verde intenso. Dos océanos, el noventa por ciento apellidos españoles. Y una mala suerte: los políticos. La mayoría de la gente ama España. La mayoría de los neo políticos, borraría España. Y por eso se han cerrado más de diez plazas de segunda y se han cargado Medellín. Y el canon de Bogotá es del 35 % para la alcaldía y a ver quién es el guapo que tira para adelante. Este año es un grupo mexicano. Una reflexión sin ningún mal fondo por mi parte. Seis o siete grandes plazas de España tienen dueño mexicano (ya sé que Manolo Chopera y los Lozano coparon toda América en su momento). Sigo: la torera plaza de Acho no la lleva un peruano. La lleva otra empresa de México. En Bogotá no se atrevió nadie este año a dar toros por el precio político y monetario. Da la feria un grupo mexicano. Históricamente España dominaba la expansión taurina. Ahora en España, en México, lógico, en Perú y en Colombia, el dominio es azteca. Y por cierto, si no aparecen ellos, Bogotá, cerrado, y Acho, pues más o menos igual. Pero es curiosa la variante histórica. En Cali veremos a Ponce, Ureña, Emilio de Justo, Castella, Bolívar, Luis David, El Cid, Castrillón, Roca Rey, Perlaza, Román y demasiados pocos toros de tres ganaderías que me gustan mucho por historia y por casta: Guachicono, Salento y Santa Bárbara. Cali revive de la mano de Juan Bernardo Caicedo pero fue “La feria de América” con una decena de corridas. Y Manizales es la alegría, el lleno, la gente joven, el toro dulce, la tierra del café y los nevados.

Recuperar el tercio de varas: sí. A la francesa, de largo, tres veces, tres quites y nada de machacar. Y una puya que no triture. Picar es una cosa. Dañar es lo contrario.

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Manolo Molés

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