De los cuatro primeros festejos de la Magdalena el más largo fue, en lunes de feria, el segundo de ellos. Una de rejones, pero de seis rejoneadores y no tres ni dos ni cuatro. ¿Dos horas y media? Algo más. Murubes del hierro de Los Espartales. Salió bravo un tercero que, sin las astas tan mutiladas, se habría acercado al toro clásico de Urquijo que todos los criadores de sangre Murube buscan. Más estrecha que escuálida, la corrida dio de sí lo que suelen las de rejones. Cabalgadas disolutas, huidas disimuladas, un celo doméstico, cierta resistencia del toro cuando ya no caben ni los hierros dentro del mismo pellejo ni la misma diana.
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