El toreo está en un momento en el que hay que cantar las verdades del barquero y que cada palo aguante su vela, término marinero que define muy bien que las responsabilidades son personales e intransferibles. En la difícil coyuntura que atraviesa el toreo poco tiene que ver la dichosa “prima de riesgo”, esa parienta un poco puta que nos ha salido a la media vuelta de nuestros complicados amoríos europeos. Los “recortes” sí que son el pan nuestro de cada día. No hay más que ver cómo donde tradicionalmente se daban seis espectáculos ahora se dan tres o cuatro y en ellos la epidemia de cemento, salvo gozosas excepciones, es el común denominador. Si no hay dinero para lo esencial menos lo habrá para lo accesorio. Algunos de los protagonistas de la Fiesta han perdido la aguja de marear hasta tal punto que continúan con sus exigencias, sin darse cuenta de que estamos atravesando la zona más peligrosa de la tormenta.
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El toreo necesita su concilio
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