El toreo pendiente de Morante. O mejor, el toreo suspira por Morante. Sería más exacto. Su retirada deja muchos huecos y mucha incertidumbre además de descubrir mucha carencia, ha sido como quitarle un as a la baraja. O dos si tenemos en cuenta la escasez actual de ases. La temporada será lo que decida Morante, vino a decir el ganadero Justo Hernández en estas mismas páginas, poniendo en valor el peso del sevillano y la trascendencia del momento de la temporada en que decidirá volver, porque volver todos lo dan por hecho a estas alturas que volverá. La incógnita está en el cuándo. El público y por ende los empresarios apenas ha pasado un invierno lamentan su ausencia y ya han comenzado a añorarle abiertamente. Su presencia en Valencia hubiese redondeado los carteles de Fallas y las hubiese convertido en más acontecimiento de lo que ya son. Su ausencia en Sevilla, teniendo en cuenta que la feria pasada actuó cinco tardes, todas a papel acabado, deja otros tantos huecos que llenan de incertidumbre al nuevo empresario. La prueba es que una de las primeras acciones del nuevo gestor maestrante fue viajar hasta Portugal donde convalecía el torero a interesarse por sus planes y pedirle compromiso. Y le ha vuelto a encimar de vuelta a Sevilla, como testifica una fotografía de ambos cargada de intimidad que da que pensar/soñar en cierta complicidad. La ves y te dices, está decidido. En la fecha, como ha dicho Justo, está la incógnita. Por cierto, mantenerla como tal no hace más que añadirle morbo a la cuestión. Otro tanto se puede decir de Madrid, la otra gran feria que viene a continuación, ruedo en el que tuvo lugar su definitiva entronización en los cielos. También sus gestores han hecho maniobras de acercamiento con, al parecer, ciertas esperanzas de éxito. No cabe pensar qué ambiente podría generar ahora mismo su anuncio en la capital ni las cotizaciones que podrían alcanzar las localidades en un mercado libre, en el fútbol mismamente, ni el bien que le haría a la tauromaquia un suceso de esas dimensiones. Así que todos pendientes y a la espera de que el oráculo se manifieste.
Desde los tiempos de El Cordobés, allá por las vísperas de la temporada de 1967, cuando la plana mayor del empresariado, los más grandes sin excepción, ante el anuncio de que el Benítez, tras consultar con su almohada, había decidido no torear ese año, peregrinaron hasta Villalobillos, su finca, para convencerle que no parase, no había sucedido nada igual. ¿Recuerdan?... La foto finish que recorrió el mundo tenía su carga de intencionalidad, mucho de demostración de poder y hasta de venganza personal. Benítez, el hijo del represaliado, el histrión maldito de los santones de una crítica que le negaban cualquier atisbo de torería, el melenudo, el robagallinas… rodeado de la elite empresarial sometida a su poderío taquillero tenía su miga. Les explicaba que había consultado con la almohada y había decidido dejar de torear para seguidamente dejarse convencer por ellos y volver a torear. A más pasta, claro. El momento lo escenificó haciéndoles firmar a todos en la ya famosa almohada convertida en consejera con la que había consultado la retirada y la vuelta. Seguidamente, cuentan las crónicas, les sentó a la mesa para celebrarlo.
Pues algo parecido está ocurriendo con Morante. No con la virulencia de Benítez, pero… Aquel era un torbellino, la tormenta perfecta, con la diferencia respecto al sevillano de que lo fue durante muchas temporadas y desde sus inicios que no es el caso, pero este tiene el mérito de haberlo logrado cuando la ley vital del hombre pide calma, cuando el factor novedad artística está agotado y desde un palo artístico que en tales cuestiones siempre ha ido por detrás. Tan definido históricamente estaba el tema que hasta se acuñó un refrán: los de valor a mandar y los de arte a acompañar. Lo que no se contemplaba es que el del arte fuese a la vez el del valor como es el caso.
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El toreo pendiente del oráculo Morante
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