Si las fuerzas vivas del negocio de los toros no se dan cuenta de que La Fiesta está caminando sobre el filo de una espada, es que tienen inhabilitados los sensores naturales que hasta a los insectos les sirven para avisarles del peligro, cuando todavía están a tiempo de evitarlo. Si le quitamos al toreo la emoción que da el punto de heroísmo necesario para enfrentarse a un toro, la lidia degenerará en una pantomima sin mayor interés que la vistosidad de los trajes de luces y la explosión de luz y color del paseíllo, cuya plasticidad tiene un evidente atractivo pero que en sí mismo es muy poca cosa como foco de atracción ni siquiera para el turista ávido de tipismo hispánico.
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