Se dice que las comparaciones son odiosas, pero no siempre. Pueden ser negativas o positivas y en el caso que quiero tratar, la presentación, me gusta más definirla como trapío, de los toros en plazas como las de Sevilla o la de Valencia hay que juzgarla como positiva. Es cuestión de filosofía de vida, se trata de dos aficiones que van a los toros con espíritu festivo, también de educación taurina, así como de entender que debe existir equilibrio entre el bruto y el torero, y de eso tanto la afición hispalense como la valenciana, hace siglos que coincidían. Hablo en pasado porque en la plaza de Valencia últimamente se ha perdido la brújula de lo que hay que convenir que era virtud referencial.
El tema me saltó a las teclas del ordenador cuando me puse a ver la corrida que abría el abono de la Real Maestranza de Sevilla y se me hicieron presentes los vaivenes que sufren los ganaderos en los corrales de la plaza de Valencia. La familia Lozano, a la que nadie le puede negar su conocimiento de lo que es el toro bravo, con el hierro de Alcurrucén mandó un lote que enamoraba a propios y extraños a poco que tuvieran sensibilidad: variado de capas, armónico de hechuras y caras; alguno como el corrido en quinto lugar, marcado con el número 42, un dije por su proporcionalidad de tipo y cara, que conociendo el concepto del equilibrio, y también de la exigencia que tiene algún veterinario de la plaza de Valencia le hubiera puesto pegas.
Llegados a este punto se impone una reflexión que viene a desnudar a quienes quieren tomar como ejemplo para Valencia el toro de Madrid, tantas tardes desproporcionado y deslucido por ese mismo motivo. Todo ello sin reparar que tan fraude es el toro falto de trapío como el toro desmesurado (y feo) y por ende ajeno al fenotipo del bravo. En Sevilla, profesionales, veterinarios y autoridad gubernativa, se ha comprobado con la corrida de Alcurrucén, se mantienen fieles a un ideal. En Valencia se sufre una clara desafección a la lógica y a la historia que hizo grande su prestigio, a tal punto que se están convirtiendo en ejemplo de desbarajuste. Nada de lo cual garantiza mayores éxitos ni prestigia a los responsables ni reduce el prestigio de sus autoridades de referencia. ¿Acaso eran blandos Constantino o Juan Moreno?... lo que sí eran es respetados.
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