Decirle a un aficionado que lo importante en una corrida es el toro, no deja de ser una perogrullada que nunca está de sobra. No en balde a ese otro público que acude a la plaza generalmente atraído sólo por la fama de un espada, sí hay que advertirle que el gran actor de la corrida es el toro. De ahí que todos los tratados que han analizado con rigor el arte de la lidia hayan puesto especial acento no en el lidiador (que también), sino en quien somete a éste al gran examen de vida o muerte que es la lidia, conceptos éstos que están sobradamente comprobados. Por eso el profesional o el aficionado docto, exige como premisa que al toro nunca se le pierda de vista mientras esté en la arena. De sus reacciones, de su comportamiento en cada uno de los lances de la lidia, debe salir la nota que finalmente se le ponga al espada de turno. Si por el contrario, la atención se centra en primer lugar sobre la figura del torero, es seguro que se está perdiendo parte clave del relato.
La premisa comentada nos exige, sin embargo, que nos ocupemos con todo el respeto que se merecen, de otra de las figuras esenciales que intervienen en la narrativa de la corrida, la del ganadero. Para que el bravo animal se haya ido adaptando a la evolución que el arte del toreo viene experimentando a través de los tiempos (la que exige el público que mantiene la Fiesta) hay mucha ciencia y mucha dedicación. Del toro de embestida incierta y áspera y de gran movilidad que precisaba una lidia defensiva, se ha pasado a un toro de embestida encastada que emociona por su bravura y celo pero más definida, que permite que el toreo alcance mayor armonía y estética. Si tuviéramos que elegir un ejemplo del toro que hoy se lidia y logra que los públicos, iniciados o no, vean la corrida como un espectáculo lleno de matices que emocionan, es necesario referirse a toros como los lidiados en Sevilla o Madrid, de los ganaderos, Santiago Domecq, en primer lugar, pero sin dejar de tocarle las palmas también a Victoriano del Río, El Parralaejo, Fuente Ymbro, Juan Pedro Domecq, La Quinta… todo un rosario de auténticos guardianes de un tesoro genético único.
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El toro, el gran actor de la corrida
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