No se necesita la fiera corrupia destartalada de pitones, acaballada, zancuda y con peores ideas que un murciélago loco, para que el hecho de ponerse delante de un toro sea un acto cuasi heroico digno de admiración. La novillada de Flor de Jara del pasado lunes día 16 en Las Ventas lo puso de relieve. Los seis utreros, de procedencia Santa Coloma, lustrosos, bien presentados y con el respeto que corresponde a la primera plaza del mundo, con las dificultades propias de su encaste, metieron lo riñones, unos más y otros menos pero los metieron, en los petos, se desplazaron con fuerza y agilidad y duraron lo suficiente para que los novilleros que los lidiaron dieran, según su personalidad, preparación y grado de compromiso, la auténtica medida del momento que atraviesan profesionalmente. Y allí nadie comió pipas ni conversó con su vecino de localidad sobre el fracaso escolar, la declaración de la renta, la crisis económica, ni siquiera respecto a si Zapatero se irá o habrá que echarlo. Lo que ocurría en el ruedo era lo único que interesaba a espectadores y aficionados.
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El uniencaste maldito
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