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Emilio de Justo corta una oreja en una tarde desapacible

La feria acabó con un tiempo marcero e inclemente, frío y viento, que quieran que no son marrajos que condicionan lo suyo. Antitaurinos de la peor naturaleza. Digamos que ponen de los nervios a los toros, a los toreros, al público… a todos. Vaya tardecita la de ayer. Más que lujo indumentario y claveles pedía café, pelliza y coñac. Y en ese ambiente entenderán que cueste un mundo ponerse a torear. A torear bien, se entiende, trabajar es otra cosa. Las yemas de los dedos, que es de donde surgen las órdenes para ese bien torear, se entumecen y nada fluye. Otros no las necesitan, cogen los trastos como si cogiesen dos manojos de ajos y entonces el toreo precisa de un doble milagro para encender la chispa de la emoción, porque el jolgorio es harina de otro costal. Y con esos condicionantes arrancó la tarde de ayer. Tres cuartos largos del aforo cubierto y la ilusión intacta, por qué no.

Cuatro toros llevábamos y el que salía hacía cinco. Y por fas o por nefas aquello no funcionaba. Peor aún, se había ido al desolladero uno de esos toros que pueden consagrar a un torero, toro de cortijo decían los mayores, el segundo de la tarde, castaño, Cacareo de nombre, de una de las familias más acrisoladas de la casa Cuvillo, con unas hechuras que hacían soñar lo mejor. No defraudó, embistió cumbre, con carácter, si no no sería bravo, otra cosa es que tuviese más o menos suerte, al toro me refiero, que tuvo poca. En otro momento, en otro ambiente, doy por hecho que su afortunado lidiador Emilio de Justo, lo hubiese cuajado y no digo que se hubiese comprado un cortijo porque en estos tiempos esas prebendas se las han apropiado los deportistas, pero no fue el caso, no lo cuajó. Allí mismo se lo dijeron a voces desde un tendido. Advertencia que suena cruel por muy verdad que fuese.

Por su otra parte, Talavante, excesivamente mecánico y friote, no lograba remontar ni justificar el doblete de su feria y Ortega no había tenido toro para la inspiración ni tampoco lo tendría más tarde. En esa tesitura de decepción general estábamos cuando saltó a la arena el quinto para arreglar la cuestión y hacer honor a la leyenda que aseguraba que no había quinto malo y no, no es que no fuese malo, es que fue superior, superior, como lo habrá calificado el ganadero. Cordelero se llamaba, colorado, bien armado y bien andado, un dibujo de toro que a punto había estado de sucumbir en la maraña administrativa de los reconocimientos. Visto lo visto buen recuperador será quien lo rescató, que se ponga nota. Junto a Cacareo compusieron el lote de la tarde y de la feria. Los hay con suerte. Eso fue lo más destacado de la primera parte, en realidad de la corrida si no contáramos que sí hay que contar con la apostura de Juan Ortega, con su estar, su intención, su vestir, su silencio, sus pinceladas porque cuajar no cuajó faenas. Su primer toro fue deslucido, detalle clave que aliado con el viento apenas permitió algún muletazo suelto que dejó intuir la clase de torero que es este Ortega. Da gusto verle, incluso en la apatía, no se descompone, improvisa y lanza mensajes, ayer le pegó tres doblones de despedida a su segundo que fueron otros tantos carteles de toros. Ese toro último fue desabrido, áspero, geniudo, cabrón… y un analfabeto taurino porque con ese comportamiento prácticamente delictivo impedía hacer el toreo y nos privaba de disfrutar del bien torear. Ortega lo intentó, pero ya se sabe que es hombre de buenas maneras y no quiso insistir. Para qué.

LA RESACA DE VÍSPERAS

Cuando sonaron los clarines reclamando la presencia de las cuadrillas las nubes taurinas consecuencias de los días anteriores asomaban con una fuerte carga de guasa y preocupación. Negras, parduzcas, preñadas de insensatez y de un pretendido mesianismo liberador que todo lo alteraba. Todo fruto de un espíritu regenerador caduco y ajeno a la personalidad de esta tierra. Alguien, desde la petulancia, se ha propuesto liberarnos y equipararnos a culturas bien ajenas. Lo vivido las vísperas había sido una locura. La plaza en pie y ellos enrocados, como aquel cateto al tren, chifla, chifla que como no te apartes tú… Con la fiesta levantando el vuelo una borrachera de autoritarismo había provocado en esas vísperas varias ocasiones de indignación entre profesionales, aficionados y también me cuentan entre las autoridades máximas a las que las estaban metiendo en el charco de la necedad sin comerlo ni beberlo. Al menos por ahora. El cuadro ambiental era para enmarcarlo, los pájaros, literal y dicho sin intención, los pájaros habían estado disparándole durante varios días a las escopetas. El suceso tenía más que retranca un evidente peligro, el involucionismo. Frente al orden a cuidar y la algarada a evitar, frente al respeto a la categoría y la personalidad de la plaza elegían su personalísimo modelo, el que les cuento. Ese era el ambiente al arrancar la última de feria. Al finalizar leo en Aplausos que la presidenta que había generado la última algarada aseguraba no había petición mayoritaria, que hay que sacar el pañuelo blanco y agitarlo fuerte. Como si la petición solo tuviese el moquero que ya apenas nadie lleva como canal de comunicación. ¿Y las voces y el ambiente y la sensación que debe captar un aficionado más allá que un contador de pañuelos? Para eso que ponga una maquinilla de contar y se baje. Siguen erre que erre. Igual no ha leído los resúmenes de prensa, ella contra el mundo. Chufla, chufla…

EN LA ARENA

De vuelta al tiempo real de la corrida que cerraba la feria en la que se ha confirmado para bien la apuesta de los jóvenes que han estado claramente por encima de los consagrados, que tendrán que reaccionar, unos apuntes de detalle. Talavante anduvo extremadamente fácil y mecánico ante un lote medio que precisaba más apuesta. No toreó mal, quite usted, dibujó naturales de los de su mejor momento, uno por aquí otro por allá y sumó detalles para una insuficiente nota final. Ser eje de una feria como Fallas exige otro nivel. Él lo dio en otros tiempos. Que De Justo torease infiltrado para aliviarle el dolor de su cogida de Olivenza, por meritorio que sea una vez en la puerta de cuadrillas no le exime de responsabilidades. Su primero se le fue sin cuajar y a su segundo comenzó a cuajarle bien entrada la faena y entonces sí tuvo nivel y asiento. Le sobraron las voces, qué barbaridad, qué griterío, eso le resta categoría, no suena a maestro, al contrario. Una voz oportuna, un jaleo personal sí, pero ese concierto debería evitarlo. No viste de señorío a quien pretende ser figura. De la misma forma le sobraron chicuelinas, las dio por doquier. Por lo demás esa parte final de la faena al quinto tuvo importancia y calidad. Por esta vez la presidencia estuvo en su sitio. Y se acabó hasta mayo, largo ayuno.

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Emilio de Justo corta una oreja en una tarde desapacible

José Luis Benlloch

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