Amitad de San Isidro, y a la espera de grandes cosas, las que no han sido grandes, que son casi siempre, merecen una lectura. Porque hemos reducido las grandes cosas a eso que pasa cuando un toro embiste como pensamos que ha de embestir para hacerle la faena que pensamos que hay que hacer. Fuera de estos parámetros, el toreo entra en una especie de melancolía y se funde el fusible que mantiene la luz encendida de lo que es el toreo: una sorpresa. Tan metidos estamos en que un toro ha de hacer esto y lo otro y un torero, a la vez, hacerle esto y lo otro, que todo lo demás no es toreo. Y lo es.
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