Habemus torero. O eso parece. Polope se llama. Tampoco pierdan de vista a Jordi, Jordi San José, antes Niño de las Monjas. Así que habemus torero. O habemus dos. Todo a la espera de que se consume el milagro, el toreo siempre es un milagro. A propósito, una misma escuela y dos modelos de torero absolutamente diferentes, para que luego digamos de la uniformidad que generan las escuelas. Delante del toro cada cual es cada cual y sálvese quien pueda: unos tirarán para el monte, otros hacia la serenidad de la playa, unos seguirán para Loja, otros se quedarán en Benamejí como dice el romancero. Lo dicho no tiene pretensiones de profecía, solo es ilusión, fundadas ilusiones eso sí. Las cosas que hicieron los dos chavales en la apertura de las Fallas merecen que nos ilusionemos. Tanto disgusto invernal, tantos pájaros de mal agüero sobrevolando la Fiesta, tanto avispado queriendo sacar tajada, que uno necesita de cosas así. Inocencia y sorpresa es la fórmula. Y cuando surge, la compro. Un chico que aparece, o dos chicos para completar el sueño, unos ojos que se abren ¡oh, qué ha hecho ese! y las ilusiones que se disparan.
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En manos (a la espera) de los chicos
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