Una tarde de toros. Y toreros. A tomar viento el refrán de Pepe Moros, ya saben, aquel que era tratante en cueros que aseguraba que cuando hay toros no hay toreros y cuando hay toreros no hay toros. Pues el sábado de Fira, esa misma Fira que tienen cercada las circunstancias (*), hubo toros y toreros de tal manera que aficionados y menos aficionados, niños y militares sin graduación, como ofertaban los carteles antiguos, guiris, curiosos y agnósticos se fueron de la plaza toreando. En estado de júbilo. Toreando, agotados, vacíos, aliviados ¡existe el toreo!... Y si alguien se mantuvo en la indiferencia, que se lo haga ver o se suba a un palco. Fue una de esas tardes que surgen de tanto en tanto para quedarse en el imaginario popular, tema de tertulia invernal, referencia para los viejos, Yo estuve el día que Ureña y Román… Y todo seguido bla, bla, bla, con una retahíla de matices y momentos interminables.
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