Enrique Ponce hizo realidad uno de los deseos que le alumbraron desde el mismo día que empezó a echar la capa: tener una finca. En su cuarto año de alternativa, segundo del reinado del valenciano y cuando apenas cumplió los veintiuno, se dio el gusto de presentarla a un nutrido número de amigos, llegados de toda España. Su abuelo, sus padres, hermanos, su inseparable apoderado Juan Ruiz Palomares, los hermanos Tornay -fieles al torero desde Monte Picayo-, José Antonio del Moral…
Tal como escribió nuestro director José Luis Benlloch presente en el acto: "El cortijo, una fiel reconstrucción de una edificación anterior, que alberga actualmente una bodeguilla en cuyas paredes se sintetiza fotográficamente la historia del toreo de las últimas décadas y también la biografía del matador propietario, presidida, era de justicia, con un cartel con la fotografía de Rafael Ponce "Rafaelillo", su tío abuelo, aquel torero que pasó a la historia como ejemplo de lo que es un valiente. De frente te encuentras con la plaza, un lujo con aires sevillanos. Encalada de blanco, con toques ocres y tejas morunas, albero de Guadaira y diámetro suficiente para encerrarse con un toro. Por encima del palco principal los ventanales de un salón de invitados con cabida suficiente para celebrar una boda. Una chimenea acorde con las dimensiones del salón, el dintel de madera con el nombre de Enrique grabado a fuego, preside el monumental salón donde encuentran cabida, además de trofeos y recuerdos fotográficos del maestro, las cabezas de los toros más significativos de la carrera del matador: el de la confirmación de alternativa, Farruco de Diego Garrido; el toro de Samuel de la Beneficencia; Delicado, de Sepúlveda de la tarde de los seis toros en Madrid; Cubilón, de Puerto de San Lorenzo con el que triunfó en San Isidro, o aquel Naranjito de Torrestrella con el que conquistó Bilbao".
El cura de las Navas de San Juan lo roció todo de agua en medio del respeto general: "Bendito sea el fruto de tu éxito, torero".
Como buen valenciano, dos detalles denuncian el origen del propietario, un azulejo manisero en lo alto del palco que representa a la Virgen de los Desamparados y da nombre a la plaza, y un paellero en las proximidades al gran salón.
Al salir el sol, en aquella mañana lluviosa de otoño, se soltaron unas becerras, con el hierro de la Unión comprado por Enrique, a las que toreó magistralmente, auxiliado por los hombres de su cuadrilla. La fiesta siguió por caminos musicales, pasodobles, fandangos, tangos…
Tal como confesaba Ponce: "La finca no sólo es un capricho, además debe ser la base de mi economía, inversión de futuro…". Precisamente, otros caprichos que se permitió el por aquel entonces joven matador, es un Mercedes deportivo descapotable que recogió días antes, pues quería que la matrícula fuera V-0001-EP.
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