Los últimos años en mi tierra, acabado el bachiller, fueron ilusionantes y duros. El franquismo mantenía toda su fuerza y buscábamos aire para respirar en los conciertos de Raimon, el de Xàtiva, una de las personas más brillantes y honestas que he conocido en mi vida. Conciertos que eran una odisea porque o no los dejaban acabar, o nos sacaban a palos del local, o nos ponían una multa imposible de pagar. Aquellas carreras con la policía detrás en los conciertos de Lluís Llach, en el Palacio de Deportes de Barcelona, aquellas fugas a respirar a Francia, el último libro, el último tango en París. Aquella losa se mantenía cuando llegué a Madrid para hacer periodismo y escapar de mi destino, que era el obligatorio en la familia, de exportar naranjas a Francia y a Alemania.
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