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Luis Francisco Esplá: 50 años de liturgia y verdad
Con motivo del quincuagésimo aniversario de la alternativa de Luis Francisco Esplá, la Feria de Hogueras de Alicante rinde homenaje a una de las figuras más singulares y personales del toreo contemporáneo. Medio siglo después de aquella tarde en Zaragoza, Esplá repasa en esta conversación los motivos de aquella alternativa lejos de su tierra, las dificultades de sus primeros años como matador, su evolución artística y la transformación de la tauromaquia a lo largo de las décadas. Una charla llena de memoria, reflexión y autenticidad, fiel al pensamiento de un torero que siempre entendió el toreo desde la independencia y la verdad.
-¿Por qué Luis Francisco Esplá tomó la alternativa en Zaragoza y no en Alicante?
-Sencillo. Empiezan los problemas con Manzanares, que quería ser el padrino. Yo quería que fuese Camino el padrino y, obviamente, con Manzanares teníamos vínculos, estaba entrenando allí en la plaza y había absoluta claridad, sin ningún mal rollo. Pero empieza a torcerse el asunto y me dice que, si quería tomar la alternativa en Alicante, tendría que ser el día 24. Eso me descabezaba el primer día como matador. En aquel momento me apoderaban los Chopera, que también llevaban a Camino y a Capea, y propusieron Zaragoza, porque ellos gestionaban aquella plaza. Me parecía que merecía la pena llegar a Alicante con máximos honores. Por eso tomé la alternativa un mes antes: para poder venir luego a Alicante a gozar de esa supremacía el día 24.
-¿Cómo vivió tomar la alternativa en Zaragoza y no en su tierra?
-Bien. En Zaragoza tenía muchas amistades porque allí toreé mucho de novillero. Lo que pasa es que cambiaron la corrida. Era de Manolo González y acabó siendo un corridón de Manuel Benítez "El Cordobés", con toros de 600 kilos que no venían al caso. No fue buena. Los toros fueron muy malos, sobre todo los que le tocaron a Camino. Eran toros “tarúpidos”, es decir, medio tarados, medio estúpidos.Pero me permitió salir a hombros y eso, en una alternativa, es muy importante, sobre todo cuando vienes de levantar expectativas como novillero, que se pueden truncar en cualquier momento.
-¿Con qué ambiente llegaba a aquella alternativa?
-Con un ambiente absoluto. Había sido el novillero revelación el año anterior, toreé 65 novilladas y al comienzo de temporada unas trece o catorce más para ir abriendo boca antes de la alternativa. Todas las esperanzas de la afición estaban puestas en mí.
-¿Y qué pasó después?
-Luego no respondí a las expectativas. El toro me frenó. Yo había estado solo un año de novillero sin caballos y otro con caballos. Me faltaba bagaje y asimilar responsabilidades. La responsabilidad ejerce una presión brutal. Cambia todo: ya no es el novillo, ya son las ferias, la exigencia del público y, además, los dos toreros que te ponen al lado son dos bicharracos. Y yo caigo en una época en la que había quince o dieciséis figuras del toreo: Camino, Capea, Dámaso, Palomo Linares, Paquirri… aquello era tremendo. Eran leones de verdad, como si les fuese la vida en ello. Y yo lo acusé.
-¿Cuándo nota que Esplá vuelve a estar ahí?
-Hay un momento en el que los Chopera me dejan y tengo que volver al circuito de los pueblos. Y eso fue bueno. En aquella época existía ese circuito para los toreros que necesitaban hacerse. Yo no tuve la posibilidad de foguearme antes porque me crearon directamente una temporada de ferias. Luego, cuando ya estaba solo y toreaba pueblos, fui recuperando la confianza y el oficio. Eso hoy ya no existe y es una pena.
-Lo que necesitaba era su tiempo de cocción.
-Sí, todos tenemos un bache. Luego a mí me cogían los toros todos los días. A un torero valiente eso quizá le estimula, pero yo nunca he tenido valor. Y aquello me pasó factura. Llegó un momento en que miraba debajo de la cama por si se había quedado algún toro allí todavía -risas-.
-Hoy los toreros salen mucho más preparados que entonces.
-Sí, hoy se preparan de otra forma y pueden pasar muchos años de novilleros perfeccionando técnica y oficio. Pero también las novilladas son más serias. El problema es que muchos solo tienen el comodín de Madrid y van allí casi a suicidarse porque todavía no tienen la técnica ni el conocimiento suficientes. Y Madrid es una plaza muy árida, que no tiene paciencia con los brotes verdes.
-¿Le llevó mucho tiempo aprender el secreto del toreo?
-Sobre todo aprender a gestionar la responsabilidad. Ver a aquellas figuras al lado resolviendo con esa solvencia y esa facilidad te descolocaba. Tú te precipitabas, distorsionabas tu discurso y perdías el sentido de todo.
GENERACIONES
-Esplá es un eslabón entre aquella generación que había cuando tomó la alternativa y la de los años 80, y quizás alguna más.
-He vivido tres generaciones. En los 80 aparecen Ojeda, Espartaco… pero no tenía nada que ver. En mi época había quince o dieciséis figuras que no tenían piedad con nadie.
-Luego llegó el famoso cartel de banderilleros.
-Sí, pero aquello nace de forma natural. Empieza con Paquirri y conmigo. Luego se incorporan otros toreros y aquello explota sobre todo en provincias y en los pueblos, donde la gente veía que era un espectáculo divertidísimo si la corrida se movía. El concepto era dar mucho más en el tercio de banderillas.
-¿En la actualidad tiene cabida un cartel así?
-Yo me salí de aquello porque hubo empresarios que no nos trataron bien y aquello terminó siendo una espiral que acababa devorando a los toreros. Además, estas cosas no se fabrican artificialmente. No basta con juntar tres banderilleros. Tiene que existir una historia detrás. Igual que los mano a mano.
-Esplá siempre fue un alma libre en el toreo.
-Cuando empecé con las banderillas tenía claro que era un tercio completamente abandonado. Viendo películas antiguas de Joselito pensaba: “¿Por qué se perdió esto?”. Me obsesioné con convertir aquel tercio en un espectáculo otra vez, jugando con las querencias y el comportamiento del toro. Al principio fui muy cuestionado, pero luego llegó una corrida de Pablo Romero en Madrid en la que di una vuelta al ruedo solo tras el tercio de banderillas y aquello cambió muchas cosas.
-Su manera de concebir el tercio de banderillas parecía heterodoxo y sin embargo era clásico.
-Claro. Siempre es el heterodoxo el que cambia el péndulo y termina convirtiéndose luego en ortodoxo. En el arte son necesarios los heterodoxos porque son los que dinamizan y provocan cambios.
-Su tauromaquia tiene mucho que ver con la de Gallito.
-Es lo que mamé. Yo me crío en una escuela taurina muy rigurosa en lo litúrgico y ceremonial. Eso me hace mirar siempre hacia Gallito y hacia los toreros de los años 50.
-Hablamos de la escuela taurina de su padre.
-Sí. Una de las primeras escuelas taurinas de España. Estoy hablando de finales de los años 50. De ahí salieron muchísimos toreros de Alicante. Mi infancia transcurrió allí. Por la noche era cine de verano y por el día escuela taurina. He sido el niño más feliz de la tierra. Aprendí a torear divirtiéndome y eso seguramente ha influido mucho en mi concepto del toreo.
-Ahora que se celebran los cincuenta años de su alternativa. ¿Qué siente al mirar atrás?
-Eso tiene trampa, porque uno se da cuenta de que a partir de cierta edad somos memoria. Desaparece el paisaje que conociste: el toro, los compañeros, el público… todo cambia y tú te conviertes en memoria.
"Llegué a la alternativa con un ambiente absoluto, venía de ser el novillero revelación. Salí a hombros pero el toro frenó mi carrera"
-¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
-No me gusta eso. Cada época tiene lo suyo. Hoy se torea mejor que nunca, pero la perfección también tiene riesgos, porque puede acabar matando la emoción. El toro hoy tiene más salud y más vigor, aunque también es más obediente y menos imprevisible. Eso ha permitido un toreo mucho más estético.
-¿Se siente satisfecho con su paso por el toreo?
-Sí. Hubo un momento en el que entendí que había venido aquí a divertirme. Pensé: "Si yo me divierto, se divertirá todo el mundo". Arrinconé las presiones y las responsabilidades. Eso me fue muy bien. Seguramente podría haber sido más, pero siento que el toreo me ha dado más de lo que yo le he dado a él.
-¿Cómo fue su relación con Alicante?
-Siempre extraordinaria. Incluso cuando se complicó mi relación con Manzanares y había cierta voluntad de desplazarme del día 24. Ahí fue muy importante la figura de Cisneros, porque entendió que lo importante era llenar la plaza. Yo llegué a torear muchos años prácticamente a porcentaje. Y eso reforzó muchísimo mi relación con Alicante.
"Yo nunca quise manejarme por el sistema. Madrid era el aval que me permitía negociar las temporadas"
-Sí, pero Madrid…
-Madrid fue indispensable. Yo nunca quise dejarme manejar por el sistema. Madrid era el aval que me permitía negociar con dignidad las temporadas. Cuando Madrid no sonreía, había que replegar velas.
-A pesar de la retirada, ¿uno sigue siendo torero hasta el último día?
-Sí, pero no me gusta usar el tablero ya. Soy como una botella de colección: mejor no abrirla. Disfruto mucho con lo que he sido en el toreo. Casi me gusta más hablar de toros que ver toros. Y cuando has sido torero ya no te conmueve cualquier cosa; solo ciertas verdades absolutas. Eso es algo que solo puede percibir quien ha sido torero.
Cincuenta años después de aquella alternativa en Zaragoza, Luis Francisco Esplá sigue hablando del toreo con la misma mezcla de lucidez, ironía y profundidad con la que lo interpretó en los ruedos. Alicante le homenajea ahora como una de sus grandes figuras, mientras él contempla el paso del tiempo desde la memoria, reivindicando la autenticidad, la libertad y la emoción como pilares esenciales de la tauromaquia. Con Esplá se cambió para siempre la concepción del tercio de banderillas y de la propia liturgia del toreo.
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