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Estamos donde estábamos

Taurinamente estamos donde estábamos y eso no significa mejorar, así que como también escribí el año pasado y el otro y el de antes y el de más allá y eso no denota tradición, eso es inmovilismo, andamos a la espera de una estrategia de sector. En el territorio de lo tradicional salieron las canales. Las virtuales, que no es otra cosa que el anuncio del invierno y la inactividad torera; y las reales, esas que hacen correr los arroyos y empujan la hierba. Naturalmente, el campo que vive del bien llover y del sacrificio de sus gentes las ha acogido con gozo. Ya habrán comenzado a leerlo en las páginas de Aplausos, últimamente he estado con los Álvaro -en plural, no confundir- Domecq y Conradi, dos ganaderías señeras, dos apuestas a la variedad y a la bravura pero radicalmente distintas y a ninguna de las dos le ponen fácil la existencia a cuenta de los toreros, del sistema, de la indiferencia o si quieren digan a la ignorancia del gran público. A la primera porque los toreros no entienden de reconocimientos y olvidaron pronto lo mucho que les dio y les puede dar; y a la segunda por más de lo mismo, porque les hace pensar en la plaza y porque la autoridad, por mucho que lean si este encaste es así o asá, prefiere parapetarse tras el argumento de la báscula, y otro tanto cabe decir de los públicos, que se pirran por la tablilla de tal manera que sin arrobas, sin muchas arrobas, no hay paraíso. Así que o saltan de los quinientos o te quedas en el limbo.

El tema tiene sus pelendengues hasta el punto de que si no fuese porque los dos Álvaro, y muchos más Álvaros que hay en el mundo, piensan que el bravo no es negocio, que en realidad nunca lo fue, sólo gusto personal y reconocimiento social, podrían plegar y echar el charolés a las bravas y a partir de ahí aquí paz, a tomar viento la gloria y no aguanto más que venga nadie a manosear mis toros o a ningunear mi trabajo. Ese es el riesgo que corremos, que gente como estos Álvaro que llevan inoculado el gen del bravo más altruista digan basta, porque los otros, los de aluvión, los que vinieron a sacar pecho o pensando que el bravo era negocio, ya se largaron y no es que haya mucho que lamentar, pero su ola arrastró a muchos que sí criaban el bravo por devoción y no pudieron aguantar.

No sé si les he dicho que este invierno, uno más, taurinamente estamos donde estábamos y eso no significa mejorar, así que como también escribí el año pasado y el otro y el de antes y el de más allá y eso no denota tradición, eso es inmovilismo, andamos a la espera de una estrategia de sector, de una mayor atención de la Administración que habla más que hace, con los grandes prebostes abonados al cortoplacismo y a las intrigas palaciegas, confiados en que se produzca ese milagro natural, que sin saber muy bien por qué mantiene vivo, hasta ahora, a este singular mundo del toro. Hubo, eso sí, apretones de mano, acuerdos mutuos nada sinceros, bodas, despedidas, bienvenidas. Alguna sonrisa, muchas lágrimas, pocas pelas, mucho raje… y poco más. Es decir, estamos donde estábamos. ¡Puta miseria!

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Estamos donde estábamos

José Luis Benlloch

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José Luis Benlloch
Etiquetas: La Pincelada

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