En 1999 la feria nueva de Olivenza fue por primera vez palanca de una reaparición sonada: la de Espartaco al cabo de un durísimo calvario. Tres operaciones de ligamentos cruzados, largas convalecencias, dolorosas rehabilitaciones, sacrificios físicos fuera de lo común. Tres temporadas en retiro forzoso. Su última tarde de 1995, en Albacete y con un bravo jandilla, fue heroica. Apenas podía caminar, incapaz de flexionar la rodilla. Se vivió, por tanto, una de las faenas memorables de Espartaco. Un triunfo teñido de patetismo. Durante esos tres interminables años del 96 al 98, el castigo silencioso de asistir como testigo a un cambio de generaciones y modos en el toreo que, como cualquier cambio de tendencia o de canon en el arte que sea, vino a hacer de su reinado de siete años –entre 1985 y 1991- una época pasada.
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