Lo de Cáceres ha sido lamentable. No se trata de hacer leña del árbol caído, y por eso no daré nombres sobre los que toda la afición está al cabo de la calle. Pero suspender una corrida de toros con los toreros a punto de hacer el paseíllo, pretextando que se han perdido las llaves de la puerta de toriles, después de argumentar inexistentes inclemencias meteorológicas, es el colmo de la trapacería, el desparpajo y la falta de respeto al público, a los toreros y a la Fiesta de los Toros. El argumento es digno de una película de Cantinflas y la empresa de Cáceres merecería por su puesta en escena el Oscar a la golfería empresarial. Porque está claro desde el primer momento, que el origen del bochinche no estaba en las llaves perdidas sino en la desertización de las taquillas. Lo que no justifica la suspensión unilateral de la corrida, ya que ser empresario de toros entraña unos riesgos con los que hay que contar. Y nadie puede creer que sólo juega a ganar. Si fuera así, todo el mundo querría ser empresario.
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