Hubo un tiempo en el que las plazas tenían un aforo de tres o cuatro mil localidades y los tendidos aparecían, en aquellas fotografías color sepia, cuajados de gorrillas y sombreros. Se veían muy pocas mujeres y la mayoría de ellas lucían mantones de manila, tejas y profusión de flores en el pelo. Eran los tiempos de los toreros de bronce y la Fiesta proyectaba sobre el público un halo trágico que hacía de los matadores auténticos héroes populares. Los periódicos taurinos se voceaban por las calles de manera simultánea al final de la corrida, que más que espectáculo era un rito único y racial.

No había televisión ni apenas radio. Los corrillos en los que se comentaban los avatares de la tarde eran habituales. Unos eran de Paquiro, o del Algabeño, Guerrita, El Tato o Vicente Pastor y ya cuando el toreo comenzó a entrar en razón, con Belmonte y Joselito, las discusiones alcanzaban perfil de auténticas batallas. Los comentarios apasionados sobre la corrida duraban días. Ser de este o de aquel torero solía definir la personalidad de cada uno.

Hoy se va a los toros con la misma naturalidad que al cine, al fútbol o a cualquier otro espectáculo. En aquel entonces media verónica, un par de banderillas, dos naturales cerrados con el pase de pecho y no digamos una estocada hasta la gamuza entrando por derecho, eran motivo para que en cualquier Feria de España se esperara con ansiedad al torero autor de la proeza. Sin ir tan lejos, en los años cuarenta, tres verónicas y media de Pepe Luis Vázquez en la Feria de Sevilla nos hicieron a muchos chavales ya heridos por la afición al toreo, colarnos en la plaza de Albacete en septiembre para ver al rubicundo “Niño de San Bernardo”.

Esta tarde en Madrid, se han visto auténticos fogonazos de buen toreo, espadazos volcándose en el morrillo, cogidas terroríficas -como la de David Mora-, el serio compromiso de Paco Ureña y toros que en aquellos tiempos habrían sido arrastrados sin orejas y hasta alguno sin rabo, y el público ha salido de la plaza en estado de cabreo, después de protestar toda la tarde como si aquello hubiera sido un fiasco. A los diez minutos ya no quedaba ni un alma en los alrededores de la plaza. ¿Y dicen que hemos rizado el rizo de la euritmia de la civilización? Los públicos son hoy más crueles y exigentes que nunca. Tal parece que quisieran que los toreros se ofrecieran en holocausto cada tarde. ¡Lo que va de ayer a hoy!

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Fogonazos

Paco Mora

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