La temporada francesa tiene tres estaciones. Primavera, verano y otoño. Primavera: los toros de Pascua en la bella, dulce, turbulenta, romana y gitana Arles; los mundanos toros de Pentecostés en Nimes, cuando aterriza la gente de prosapia, fama y relumbre, pues se trata del hilo París-Nimes, y la de Nimes es, al cabo, la feria de París, tanto como la de Arles pueda ser la de una Roma irreal, pensada, sentida, virtual; el torismo irreductible, sensible, brutal, primario y, por tanto, irresistiblemente moderno de Vic-Fezensac, en el mismo fin de semana de Pentecostés y en una declaración de vida fiera; la más modesta pero consistente aventura taurocrática de Alés en las fiestas de la Ascensión.
El calendario taurino es en Francia cristiano. Los toros, los dioses, los ciclos de sol y luna. La Pasión. Y lo que viene después. La muerte, la resurrección, la gloria. Las tres cosas son prendas taurinas. De eso trata casi siempre el toreo.
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