Tenía un don ejercitado en el patio del colegio, en donde había mil piernas para un balón. Desarrollé una habilidad meramente defensiva, el regate, el gambeteo, pisarla, un caño, una cintura partida, meterme entre dos. Con un cuerpo chico tocaba defenderse así. Eso pareció suficiente a alguien que me puso a jugar al fútbol semi serio, con botas en los pies, camiseta con escudo, en once para once y un árbitro y dos jueces de línea.
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