Escribo con el corazón encogido por el gesto de desesperada torería de Joselillo en el último toro de doña Dolores. Grito vital. ¡Aquí estoy!, clamó cuando prácticamente se había quedado sin opciones esa tarde y quién sabe si también esta temporada o si la desventura iría más allá. Corazón de valiente, rebeldía pura, apuesta que neutraliza, en mí al menos, cualquier tentación crítica. Las dos rodillas en tierra, el corazón de par en par, un toro enloquecido e incierto, el tío que no se conforma e insiste, que lanza la moneda de la vida al aire una y otra vez, un presidente impresionable… y al final de todo la suerte caprichosa que quiso compensarle de viejos y amargos recuerdos. La buena suerte buscada con mérito. Vale. El toreo tiene esas cosas, que te puede zarandear del abismo a la gloria en segundos, esa es la lectura final, aunque para ello primero un tío se tenga que arrodillar en los medios, acto de fe y coraje, a esperar que la suerte cambie de signo, a esperar que un manso enloquecido decida tomar la muleta y no arrancarte la cabeza. ¡Qué duro es el dinero de los toreros! ¡qué caro se ha puesto el futuro! En realidad ese día los toros de Dolores Aguirre, mujer entera donde las haya, -reciba la condolencia de cuantos hacemos Aplausos-, no regalaron nada y aun así me gustó el asolerado toreo de David Mora que debe ir a más y las maneras de Fandiño.
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