La fiesta se truncó en tragedia en menos que cuesta contarlo. Sucedió de la forma más inesperada. Seguramente porque nos olvidamos con temeraria facilidad de esa otra cara que esconde el toreo, el riesgo vital. Aquí se muere. No es sólo una frase, es una verdad. Ese es el riesgo que le hace directamente diferente y le da autenticidad a este arte. Esta vez ocurrió en el escenario más amable y en las circunstancias más favorables, cuando más estaba gozando Escribano, tan acostumbrado a las batallas más duras, frente a un toro al que se reconocía excelente, cuando se le adivinaba pletórico. Acababa de darle una vuelta de calidad a su toreo, en realidad había toreado despacioso, sereno, manejando los tiempos con precisión de torero cuajado. Todos nos las prometíamos felices, la puerta grande estaba de nuevo abierta a poco que le acompañase la suerte en la estocada final. No fue así. Se perfiló en corto Escribano y ya no sé exactamente qué ocurrió, si se confió en exceso, si el adolfo lo estuvo cazando hasta el momento justo en que vio segura su presa, no sé.
Lo cierto fue la repentina transformación de lo que era un gran fiesta en un escenario dramático. Un panorama desolador apareció ante nosotros, un caudal incontenible de sangre, una vida que se escapaba, las prisas, el estupor. De pronto, como si la tierra se hubiese abierto a nuestros pies, la ciencia médica y la fe en Dios tenían la última palabra. Afortunadamente horas después nos aseguraban que la vida de Escribano estaba a salvo, esa es la realidad más esperanzadora, el cuándo y el dónde puede volver a torear me parece secundario, una de esas simplezas que en ocasiones preguntamos los periodistas. Su vida ha pasado por momentos extremos, no hace tanto, o el sábado mismo en otro lugar, hubiese sido una cornada mortal, basta con leer el parte médico para entenderlo. Estremece pensarlo y aún estremece más si cabe su ánimo, esa sonrisa cuando ha recibido la visita de sus compañeros en la UCI lo delata, ese es un torero.
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