O se recupera la auténtica bravura del toro de lidia o la Fiesta acabará en un simple espectáculo colorista, en una especie de ballet incruento celebrado al aire libre sin mayor trascendencia ni grandeza. Y que nadie venga con la cantinela de que hoy se torea mejor que nunca, y que el toro actual es el más bravo y noble de toda la historia del toreo. ¿Es que Juan Belmonte, Joselito y todos los lidiadores de su época no toreaban bien? Pues claro que sí. Toreaban en concordancia con el toro de su tiempo y lo que tenían delante era un animal con fiereza -llámenle casta si quieren- al que lo primero que había que hacer con él era poderle, base y fundamento del toreo. Si un toro permite que le hagan cucamonas de salida, sin tener que demostrarle antes que quien manda en el singular combate que le enfrenta con el torero es la inteligencia y el valor del hombre, la tauromaquia ha perdido la esencia que le da razón de ser. Porque el toreo no es un ciencia exacta ni un ejercicio de geometría. El toro de hoy imposibilita la esencia del toreo que es la emoción, hija natural de la sensación de peligro, la improvisación y el gesto que da paso a la gesta. Tres premisas por las que el arte de Cúchares ha llegado hasta aquí.
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Hay que recuperar la esencia
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