Hubo un tiempo en el que el toro usaba las manos para acometer. Tiempos de caballos a pelo, de barrigas al aire, de mondongo en el suelo. Tiempos en donde el galope no existía, donde se contaban las varas como una heroicidad que consistía en sumar caballos muertos. Varas de refilonazos, vuelta de grupas en desorden, caballos abiertos, picadores de oro que trataban de detener. Tiempos de quitar para volver a poner, de sacar para meter de nuevo. El toro hacia el caballo. Una faena de muleta con muletazos contados con los dedos de las manos. En ese tiempo el toreo fue sobre las piernas, movido, bizarro, breve a la espera de la gran suerte, que era la estocada.
Lea AQUÍ el artículo completo en su Revista APLAUSOS Nº 1967
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