Juli arrolló en Olivenza según cuentan las crónicas que agotan elogios y reconocimientos a su intensidad. No hay por qué dudar que fue así ni mucho menos supone sorpresa, cada uno es cada uno y este es así, ambicioso e insaciable en su actitud y poderoso, mucho, en su concepto lidiador de tal manera que llegó un año más a Olivenza que es su casa, prendió la mecha de la temporada ¡queda inaugurado este pantano! y puso el rasero del triunfo alto, altísimo. Algo parecido ocurrió con la torería de Ferrera, ahora mismo materia de titulares y reflexión en cualquier medio que se precie, que ha pasado directamente del bullicio al asentamiento aunque ni en un campo ni en otro quisieron los dioses de la fortuna levantarle el palo, de tal manera que al mérito de su trayectoria, a ese tránsito intelectual que le ha llevado de una ligereza muy reconocible a la templanza más valorada, hay que sumarle el mérito, mérito sobre mérito, una cornada sobre otra cornada, en realidad una retahíla de percances de los que encogerían el ánimo a cualquier mortal menos al parecer a este Ferrera y a otros pocos legendarios, pocos, que en la historia fueron capaces de comprar triunfo a semejante precio. Loor al bravo Ferrera.
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Juli y Ferrera; Ferrera y Juli
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