Arrastrando las palabras y el parpadeo me lo dijo: hermano, la pared de enfrente está llena de luces. Prueba a ponerte de pie, le dije. Se había caído de espaldas. Lo había tumbado su cruda litúrgica habitual. No digo su nombre, sólo estoy autorizado a decir su apellido: bebe. Un día me tocó por la espalda: hermano, me alcanzó un milagro, tengo los pies calientes y mojados. Ni le miré: no, sólo es pis. No se lo tomó mal: Ah. Pues ya empezaba a creer en Dios. Qué jodidas son las borracheras. Este amigo de apellido mencionado se exculpa siempre en el burladero de la melancolía: la vida, que no me comprende. Aclaro: Mecomprende es una marca de tequila añejo. Hace tiempo que llegué a la conclusión de que lo peor de las borracheras son sus excusas. Una borrachera argumentada es peor que pegarle a una madre, a un hijo. O al mismísimo Espíritu Santo que, si existe, debe de ser tan invisible como una feria con todo el G-10 anunciado tres tardes. Con las empresas haciendo la ola.
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