Son un icono de la bravura. Cincuenta años llevan abanderando emociones. Su criador apunta a la autenticidad como fundamento. A la nobleza deseada y buscada en la selección, le añaden como objetivo de la casa la inteligencia, un toro bravo, insisten, no puede ser un toro tonto. Son animales llevados al límite, toros de cara y cruz, capaces de enloquecer pero también de enriquecer. Son los victorinos. Al fondo de todo un personaje irrepetible, un sabio, Victorino, el creador; al frente un joven ilustrado, el nuevo Victorino, fiel continuador de la obra, un tipo ambicioso marcado con fuego y ciencia. El futuro parece asegurado.
- “Las fundas desmitifican al toro, un animal que representa lo natural, lo que el hombre no toca, y con fundas deja de ser salvaje”
- “Bravo es noble, bravo es fuerte, el que lucha sin fin y para todo ello hay que ser inteligente. Si lucha sin exigir, sin discernir entre el que se lo hace con sinceridad y el que no, entonces es tonto y en la bravura no cabe la tontería. Todo eso supone capacidad de aprender”
- “Mi padre al toro ha sido lo que Belmonte al toreo. Hay un antes y un después de él. Échale un vistazo a cómo era el toro y la Fiesta en el año en que él llega y cómo es ahora. Él lo revoluciona. Y hay un momento cumbre, la corrida del 82, ahí cambia todo”
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La bravura llevada al límite
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